lunes, 28 de noviembre de 2016

México. Memoria agradecida de un viaje inolvidable

Un sueño hecho realidad

En mi adolescencia, ya sentí, Señor, la inquietud de conocer Latinoamérica: sus gentes, sus problemas, su esperanza, su iglesia... El testimonio de los misioneros que venían al instituto, las noticias que llegaban de aquella tierra, los libros que pude leer… hicieron que, poco a poco, me enamorara de aquella tierra y de aquella iglesia, aún sin conocerla directamente. 

Recuerdo bien –y eso que mi memoria es flaca– la gran emoción que sentí al ver, en un autobús, la película “Romero”. Después de tantos años, no puedo contener las lágrimas, cuando leo o escucho las palabras de este gran arzobispo salvadoreño: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. 

También me tocó mucho el corazón el testimonio del jesuita Ignacio Ellacuría. De vez en cuando, lo entrevistaba Javier González Ferrari en la Cope. El religioso había recibido muchas amenazas y, pocos días antes de ser asesinado, el periodista le preguntó: “¿No teme usted a la muerte?”. Su respuesta fue preciosa. No la recuerdo exactamente, pero vino a decir: “No tengo miedo a la muerte, pero soy prudente. No cualquier hecho o cualquier palabra mía merecen el martirio”. Pocos días después, se grababa en mi corazón la imagen de su cuerpo muerto, junto a los de sus compañeros y sus colaboradoras, en los exteriores de la Universidad Centroamericana. Corría el año 1989. 

Gracias, Señor, por el testimonio de tantas personas que, a lo largo de mi vida, han despertado mi deseo de conocer, de vivir, de creer, de entregar mi vida al servicio de los demás. 

Esta inquietud de conocer Latinoamérica no se ha apagado jamás, pero nunca se había podido concretar, hasta este verano. Pensé en conocer Cochabamba (Bolivia), pero no pudo ser. El proyecto de viajar a Ríobamba (Ecuador) tampoco prosperó. También barajé la posibilidad de participar en el proyecto del Movimiento Rural Cristiano de Monegros en Ocotal (Nicaragua) o la Diócesis de Holguín (Cuba). 

La cuestión es que, al final, con la mediación de Mons. Jorge Carlos Patron, el pasado mes de septiembre, pude cumplir mi sueño… en Yucatán (México). Gracias, Señor, por todas las personas que me han abierto las puertas de su casa en tantos lugares. Gracias a los que me habéis ayudado a discernir y a hacer realidad este deseo acariciado durante tantos años. 


Comienza la aventura

A las 4 de la tarde del viernes 9 de septiembre comenzaba un largo viaje: autobús a Fiumicino (16-17 h), avión a Madrid (19-21:45 h), avión a México DF (23:45 h en España – 4:15 h en México), avión a Mérida (8:45-10:30 h), coche a Chicxulub. Más de 24 h de viaje y sin compañía. 

Sin embargo, me sentí el más feliz de todos los pasajeros de los cuatro aeropuertos que pisé. La ilusión me rebosaba. Aproveché los momentos de espera para rezar y para decir a bastantes personas lo mucho que las quiero. No me lo podía callar. Me sentí muy afortunado, al estar cumpliendo un sueño y, aunque estaba solo, muy arropado y querido, por tantas personas a las que también yo quiero de verdad. 

Gracias, Señor, por esos momentos tan entrañables. 


Comunidades vivas

En el aeropuerto de Mérida, capital de Yucatán, me esperaban Miriam y Jacobo. Recién llegado a Chicxulub fui acogido como un hermano por el P. Cristhian Caceres, el párroco de Chicxulub Puerto, Chicxulub Pueblo e Ixil, que me abrió las puertas de sus comunidades, de sus amigos y de su familia. En cuanto pude y a pesar del cansancio del viaje, escribí en facebook: “Ya os contaré. De momento, sólo os digo que los marcadores de alegría y la ilusión están a punto de petar!!!” 

Me gustaría, Señor, recordar ante ti, con un corazón preñado de gratitud, los nombres de todas las personas que pude conocer: catequistas, voluntarios del dispensario y del comedor, ministros, jóvenes, secretarias, sacristanes, monaguillos, responsables de equipos pastorales, grupos de liturgia, feligreses y vecinos, que me mostraron su sonrisa y me saludaron, desde el primer día, como si fuera de casa. Gracias, Señor. 

La fe compartida nos acercó, nos hizo sentir hermanos y hermanas en un solo encuentro. La fe hace posible que puedas comentar, al que hasta ayer era un desconocido, tus problemas y esperanzas. La fe hace posible que puedas salir a pasear y a cenar con un grupo de jóvenes, al que no conocías hace unas horas. ¡Qué buenos momentos disfrutamos gracias a la fe compartida! 

Te doy gracias, por haber palpado comunidades donde se vive la corresponsabilidad, donde los consejos parroquiales no sirven para decidir lo que el sacerdote tiene que hacer, donde los responsables de cada equipo o de cada sector pastoral ejercen como tales. Emociona ver a los jóvenes al lado de personas mayores, todos con sus cuadernos y bolígrafos, apuntando los acuerdos y las tareas encomendadas a cada uno. Impresiona ver a los jóvenes responsables de la catequesis de confirmación organizar las actividades con los chavos y, además, programar actividades para financiar dichas actividades. Gracias, Señor, por su trabajo y su testimonio. 

Te doy gracias por esas celebraciones vivas, las de los domingos y las de los días de cada día. Me impresionó cómo las mujeres cantaban todos los días el salmo responsorial. Cantaban bien y cantaban rezando o rezaban cantando. En esas Misas se ve claro que no sólo celebra el sacerdote, celebra toda la comunidad: los grupos de liturgia organizan y animan la participación de todos, los coros (¡varios en cada parroquia!) actúan, pero la gente no se conforma con escucharles y cantan. Debes de disfrutar mucho, Señor, en esas misas en las que tu pueblo de da gracias por Cristo, con Él y en Él. Además, ¡con qué devoción presiden algunas celebraciones y distribuyen la comunión los ministros, mujeres y hombres, de cada comunidad! ¡Mucha más devoción que yo! 

Dediqué muchas horas a confesar. Me pareció que es una de las riquezas de la fe de los yucatecos. Muchos se confiesan cada mes. De esta manera, no dejan que su espalda se vaya cargando de pesos inútiles, que su corazón y su sonrisa se arruguen tanto, que resulte difícil recuperar la alegría. ¡Gracias, Señor, por todos los testimonios de fe que recibí! ¡Gracias por poder ser testigo de cómo tu perdón disipa pesadillas y despierta sueños! 

Otra de las riquezas de la fe de los yucatecos es el amor a la Palabra de Dios, que leen en sus casas y aprenden en las catequesis y en las celebraciones. ¡Con qué familiaridad manejan muchos niños, jóvenes y mayores la Biblia! Visité un grupo de catequesis de niños; estaban leyendo y comentando la primera carta de San Juan, capítulo 4, y se me ocurrió preguntarles: “Hay que ser buenos para que Dios nos quiera, o hay que ser buenos porque Dios nos quiere”. Sin dudar un momento, respondieron: “hay que ser buenos porque Dios nos quiere”. ¡Qué bien habían aprendido, en la Biblia, que Dios nos quiere siempre, hagamos bien o mal, nos acerquemos o nos alejemos de Él! A mí me costó mucho más tiempo entender esta verdad esencial de nuestra. 

Junto con la confesión y el amor a la Palabra de Dios, quizá la principal fortaleza de la fe de ese pueblo es la Virgen de Guadalupe. En las casas más pobres que visité no faltaba una imagen de la Virgen de Guadalupe. Se dice que en México no todos son católicos, pero todos son guadalupanos. Y puede ser. El taxista que me llevó a la Basílica de Guadalupe llevaba a la Virgen junto al cuentakilómetros. En la conversación que mantuvimos, me explicó que pertenecía a otra religión, pero rezaba todos los días a la Virgen. Está visto que las madres inspiran más confianza que los padres. Y la Virgen de Guadalupe recuerda a los mexicanos: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?”. 


La fe contra la injusticia

En las confesiones y en otros momentos de escucha, pude conocer de primera mano el sufrimiento que provocan, fundamentalmente, las grandes desigualdades sociales y el machismo atroz. 

Las desigualdades sociales que percibí son tremendas. Nunca había visto casas tan pobres y mansiones tan lujosas; triciclos y coches de desguace junto a automóviles de altísima gama, aparcados en la misma calle. Me atreví a preguntar a bastantes personas cuánto ganaban al mes. Las respuestas oscilaban entre los 100 los 400 €. Los precios pueden estar a la mitad que en España, pero los sueldos son cinco veces más bajos. Una maestra tiene que buscar otro trabajo, si quiere sacar adelante a su familia, sin ningún lujo. Un guía nos contó que tenía que estar todo el día en su puesto de trabajo, pero sólo cobraba (muy poco), si llegaban visitantes. Por otra parte, a través de los entierros que hice, me puede enterar de que, en la práctica, mucha gente no se jubila. Casi todos los funerales que hice fueron de ancianos, que estuvieron trabajando hasta pocos meses antes de morir. 

Frente a estas realidades, me acordé muchas veces de lo que escribió, hace ya muchos años Juan Pablo II: “los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Como repetidamente han afirmado los Padres sinodales, todos y cada uno tienen el derecho y el deber de participar en la política, si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades. Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública” (CL 42). 

Señor, suscita en el corazón de los cristianos y de todas las personas de buena voluntad el deseo de cambiar esa realidad tan injusta. Que nadie crea que las cosas son así, porque Tú así lo has dispuesto. Qué crezca la esperanza de que esas situaciones injustas pueden cambiar. Qué desaparezca esa creencia de que la política es sólo el lugar de personas corruptas. Suscita, Señor, más vocaciones a la vida laical comprometida, desde la Doctrina Social de la Iglesia. 

Por otra parte, el machismo que había conocido en Europa allí lo encontré multiplicado por mucho. Las mujeres son las que, mayoritariamente, animan y sostienen la vida social y religiosa de los pueblos, con la colaboración de muy pocos hombres. Ellas son las principales transmisoras de la fe en las familias y parroquias. Ellas padecen de forma especial los efectos de la injusticia, la pobreza y la violencia en el hogar. Ellas se encargan, generalmente, con mucho sacrificio y cariño, de los hijos; sobre todo cuando sus maridos toman demasiado alcohol, abandonan la casa familiar o se dedican únicamente a ganar dinero. También hay hombres buenos y mujeres irresponsables. Está claro. De hecho, todas las personas tenemos nuestra parte de bondad y nuestra parte de irresponsabilidad. Pero la realidad no se debe esconder. 

En México vi todavía más claro que la lucha por los derechos de las mujeres debería ser una prioridad en las administraciones públicas, en la Iglesia y en cualquier persona -mujer o varón- de buen corazón. Podemos estar en contra de determinados tipos de feminismo o de ciertas ideologías de género, pero no podemos estar al margen del trabajo por los derechos de la mujer. 

Francisco ha escrito: “La idéntica dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos” (AL 54). El reconocimiento teórico y práctico de la dignidad de la mujer es obra del Espíritu… y debería ser también la nuestra. 

¡Señor, que no pasemos de largo frente al sufrimiento de la mujer! ¡Qué no falten predicadores que anuncien lo que este Papa nos ha recordado! 


Disfrutando de la Creación, la cultura y el corazón humano

La inmensa llanura de la península de Yucatán, el mar del Golfo de México y la ciénaga de Chixchulub me regalaron amaneceres y atardeceres preciosos. Allí no está la Sierra de Guara para reflejar los colores de los primeros y últimos rayos del sol; pero a paleta de colores de los cielos yucatecos enamora: rojizos, rosados, grisáceos, violetas... Frente a los gritos de la violencia que se elevan desde tantos puntos de ese gran país, Tú, Señor, desde la naturaleza, en Chicxulub y en cualquier rincón del mundo, aquietas los corazones y susurras una sola palabra: ¡paz! 

Dediqué los lunes, que cierran las parroquias, y los dos últimos días antes de volver a Roma a la cultura. Visité dos lugares muy conocidos e impresionantes: las ruinas mayas de Chichén Itza y las aztecas de Teotihuacán; también pude ver los restos mayas de Dzibilchaltún, las grutas de Calcehtok y las ciudades de Mérida y México DF. En la capital pude visitar el museo más bonito que hasta ahora he contemplado: el Museo Nacional de Antropología. ¡Cómo ayuda a abrir la mente, a valorar “lo tuyo”, sin despreciar “lo de los otros”; a darte cuenta de que el encuentro entre culturas enriquece mucho más que la conquista! ¡Gracias por la oportunidad de conocer un poquito culturas tan impresionantes! 

No pensaba encontrarme con nadie conocido en México. Sin embargo, pude disfrutar allí con tres amigos españoles muy entrañables: Daniel Antón, con quien había compartido algunos campamentos de verano, Pitxu Sanmartín, amiga y hermana de una de mis mejores amigas, y Jesús Rico, el que fuera vicerrector en mi primer curso del Seminario de Zaragoza. ¡Qué charradas tan sinceras, a pesar de no compartir todos los planteamientos! Una vez más comprobé que es más importante el “con quién” que el “dónde” o el “qué”. Señor, gracias por ellos y por tanta gente entrañable con la que me he encontrado a lo largo de la vida. 

Gracias, Señor, por los yucatecos y su forma de ser. Hablan el mismo idioma que los españoles, pero, con su tono y sus modos suaves, convierten las palabras en caricias. Tienen más motivos que los europeos para amargarse y, sin embargo, sonríen más que nosotros. Te dan mucho más de lo que les puedes ofrecer, pero no pierden oportunidad para agradecerte cada detalle desmesuradamente. En este sentido, no puedo olvidar mi sorpresa y mi gratitud ante la fiesta de despedida que organizaron en la Parroquia de Chicxulub Pueblo, con poemas, bailes regionales, comida típica y, sobre todo, cariño, toneladas de cariño. En pocos días, se ganaron el corazón de este conquistador conquistado. ¡Qué Diosito me los acompañe y me los cuide a todos! 

Gracias, Señor, por la belleza del corazón humano, muchísimo más precioso que el amanecer o el atardecer más impresionante; ese corazón humano, capaz de amar hasta dar la vida, de esperar contra toda esperanza, de creer que Dios hace posible lo que parece imposible; especialmente gracias por el corazón de los niños y las niñas que, como Katya y Mary, con las que puede compartir su fiesta de cumpleaños, a la que se unieron muchos niños de Huesca, a través de un video precioso. 


Ultima acción de gracias

Termino esta memoria agradecida, Señor, por los momentos de oración. Tú sabes que en algunos momentos tengo que “obligarme a rezar”. En Yucatán surgía espontáneo el deseo de estar contigo, para agradecerte tanto, para compartir contigo la impotencia ante tantas situaciones injustas, para dar gracias por el coraje de tantas personas que, apoyadas en una fe más grande que sus dificultades, luchan por sacar adelante sus familias y por ayudar a quienes están peor que ellos. 

Una mañana, rezando frente al mar, al lado de tres pescadores que preparaban sus aparejos, recordé y recé está oración, que vuelvo a dirigirte con confianza: “Señor, nuestras barcas son pequeñas, tu mar es inmenso, tu amor es todavía más grande”. 

Gracias, Señor, por esta experiencia; por la posibilidad de compartirla en directo, via wasap y facebook, con mi familia y amigos de España; por esta reflexión-oración, que tantos sentimientos hermosos ha despertado; y por todas las bendiciones que no haya sabido percibir y agradecer. Y, si es tu voluntad, ¡qué pueda repetir pronto! Amén. 

Nota: Se me olvidaba contar que pasé mucho calor. Pero, no importa. ¡Bendito calor!


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