miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mari. Inmensa tristeza. Mayor gratitud

Ayer celebramos el funeral de Mari. Impresionante, por la entereza de su marido, sus hijos y toda la familia; por el cariño de esa gran multitud de amigos que pudimos despedirla en la iglesia de Sariñena. No podría ser de otra manera: un funeral impresionante de una persona impresionante.

Por ser amigo y por ser sacerdote, tuve el inmenso honor de pronunciar unas palabras, que comparto aquí, junto a la postal que envié a Mari hace poco menos de un año, en su 50 cumpleaños.

Ante la muerte de una persona tan querida como Mari, todas las palabras y todos los gestos parecen inútiles, todos tenemos una gran sensación de impotencia. Sin embargo ¡cuánto bien nos hace hacer lo que estamos haciendo: estar juntos, llorar juntos, abrazarnos, estrecharnos la mano, acompañarnos…! Sufrir con los que sufren nos hace mucho bien, nos humaniza, aunque sea duro, aunque ninguno hubiera deseado pasar un trance como éste.

También nos hace bien expresar lo que sentimos: el dolor, la rabia, la impotencia, quizá los sentimientos de culpa (tan traicioneros); en definitiva, todo aquello que aprisiona nuestro corazón. En un momento como este tenemos “todo el derecho de mundo” a sentirnos enfadados con la vida, con nosotros mismos, incluso con Dios, porque aunque sabemos que las enfermedades no son castigo de Dios, no podemos entender por qué permite tanto sufrimiento. Es bueno contar lo que sentimos a personas de confianza y, si somos creyentes, también a Dios. Jesús de Nazaret así lo hizo. Cuando estaba a punto de morir grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Ojalá que esta celebración nos ayude a ir exteriorizando lo que podría hacernos daño si lo dejamos dentro demasiado tiempo.

Ante la muerte de Mari, quizá muchos nos estemos preguntando si ha merecido la pena luchar tanto y rezar tanto. Podemos tener la sensación de que todo ha sido inútil. Está claro que no ha servido para retener a Mari con nosotros, pero estoy convencido de que ha servido y servirá mucho. Mari y todos los que habéis estado a su lado en estos meses de enfermedad habéis sacado lo mejor de vosotros mismos, habéis sembrado pequeñas semillas, como granos de mostaza: semillas de solidaridad, cercanía, entereza, amistad, confianza, paciencia, amor… Semillas, con tanta fuerza en su interior, que el Evangelio nos asegura que no se perderán: germinarán, crecerán y darán buen fruto, de una manera u otra.

Después de expresar nuestros sentimientos de dolor y rabia, es justo y necesario dar gracias a Dios o a la vida (los que no seáis creyentes); porque si hoy tenemos el corazón roto es porque hemos disfrutado durante muchos años de una persona excepcional. No perfecta, desde luego, porque todos tenemos nuestras fallos. Pero Mari ha sido un número 1 en muchas cosas. Dicho con palabras del Evangelio: Mari ha sido una buena tierra en la que han germinado muchas y muy buenas semillas. Ha sido, además, una buena sembradora.

Siendo niña, solía ser la más lista, limpia y trabajadora de la escuela. Rara vez fallaba. Recuerdo que en cierta ocasión confundió las plantas de patata de la “dembeta hospital” con fresas. Y los zagales dijimos maliciosamente: ¡Menos mal, hay alguna cosa que Mari no sabe! Demos gracias a Dios por esa cabeza privilegiada, que ha funcionado a la perfección hasta el último momento.

Era número 1 en la escuela, pero no era una ñoña, ni una creída. Disfrutaba aconsejando y ayudando a su hermano y a sus compañeros (bien se me valió de ella para aprobar dibujo en Grañén). Demos gracias a Dios por la generosidad con la que ha vivido, desde pequeña hasta su último día.

La responsabilidad en los estudios primarios, secundarios y universitarios, tuvo su continuidad en su trabajo. ¡Cuánto ha disfrutado ejerciendo su vocación de veterinaria, trabajando en su profesión! Demos gracias a Dios.

Mari ha sido responsable y trabajadora, pero también alegre, divertida, ocurrente, gozaba tanto con sus amigas y amigos, cuando iba de excursión por la montaña o paseando con Corcho por los caminos de Sesa. Demos gracias a Dios por su capacidad para disfrutar y para hacer disfrutar a los demás.

Mari ha sido una persona transparente y sincera, sin filtros; pero también sabía expresar cariño, sabía decir “te quiero mucho”, llamarte “jamía” o “jomío” con mucho sentimiento. Demos gracias a Dios por su fuerza y por su sensibilidad, por su gran voluntad y su inmenso corazón.

En resumen, creo que podemos dar gracias a Dios por su vida entera. Podría haber sido más larga, es verdad. Ella quería alargarla —me dijo en varias ocasiones— “unos añetes” y antes de ayer, cuando ya estaba tan malica, me dijo que le había faltado tiempo. Yo le respondí que había aprovechado el tiempo a tope, que lo había hecho muy bien. Realmente es imposible hacer más y mejor en menos tiempo. Gracias, Señor, por regalo inmenso de la vida de Mari, por el honor de haberla conocido, querido y acompañado.

También tenemos que dar gracias a Dios por ti, Clemente, por estar siempre a su lado, sobre todo en los peores momentos, por todo lo que has estudiado y luchado para que Mari se curase o para que, al menos, no sufriese. Gracias.

Gracias a Dios por Juan y Laura. Mari siempre quiso que su enfermedad trastornara lo menos posible vuestra vida. Y vosotros habéis hecho lo que ella quería que hicierais: apoyarla, quererla y llevar una vida lo más normal posible. Gracias a Dios por vosotros, Laura y Juan, por ser como sois, y por el corazón de madre madraza de Mari.

Gracias también por la disponibilidad de Rosario, la delicadeza de Jesús y el buen hacer de Marian; por el apoyo de José María y de toda la familia de Castejón, por la cercanía de tantos amigos y amigas, por los servicios sanitarios. Mari se sentía tan afortunada y tan agradecida por todo el cariño y los cuidados que ha recibido.

Finalmente, quisiera dar gracias a Dios por la fe de Mari. Mari rezaba mucho, pedía que rezasen por ella y me decía que le enviara oraciones por whatsapp. El último día que pudimos hablar tranquilos, rezamos juntos y, dejando escapar alguna lágrima, recibió la Comunión con toda la devoción del mundo. Gracias, Señor, por su fe.

Esta fe nos permite llorar la muerte de nuestra amiga con la confianza de que ella está bien, está mejor que nunca, respirando sin esfuerzo el aire puro de la eternidad. ¡Qué consuelo!

Esta fe nos ayuda a mirar al futuro con esperanza. Esta vida se acabará; porque, aunque tiene muchos momentos preciosos, es demasiado oscura, demasiado injusta, demasiado dolorosa, para poderla soportar eternamente. En momentos como este los cristianos compartimos la esperanza de que las promesas de Dios se cumplirán. Dios mismo nos ha prometido que enjugará todas las lágrimas, aniquilará la muerte para siempre y, como una buena madre, preparará una gran fiesta para todas sus hijas e hijos. Y podremos disfrutar de una vida nueva, feliz, enteramente feliz.

Esta es la fe que nos permite afrontar con entereza el mañana y el pasado mañana. Ahora, querida familia, puede parecer imposible seguir adelante sin Mari; pero Dios, que es Padre, y la Virgen de la Jarea, que es buena madre, os acompañará en vuestro dolor y os dará la fuerza para continuar adelante con entereza, como ella quería, como ella sigue queriendo. Y Mari, desde el cielo, se las arreglará -que talento y bondad no le ha faltado nunca- para seguir siendo buena madre, buena esposa, buena hija, buena hermana y buena amiga. Amén.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Querida Cataluña (Cardenal Fernando Sebastián)

Después de pensar mucho, escribir alguna cosa, de discutir sobre el tema del "proces", me encontré con esta reflexión del Cardenal Fernando Sebastián, que suscribo de la cruz a la raya. Dice:

Soy aragonés, pero he vivido quince años en Cataluña. Vic, Solsona, Valls. Es decir, Barcelona, Lérida y Tarragona. Conozco un poco Cataluña y a los catalanes. Tengo familiares y amigos en Cataluña. Leo literatura catalana. A mis 19 años, hice mi tesis de Filosofía sobre la antropología de Ramón Llull (tema apasionante, ¿no?).

Quiero decir que mis palabras son fruto del amor, del buen deseo y, también, del dolor. No pretendo hablar desde posiciones políticas, casi ni eclesiales, me basta con hablar humanamente, cívicamente, sinceramente.

Entiendo que la crisis actual es, en un primer plano, política, y debe ser tratada políticamente. Nos encontramos ante una verdadera insurrección institucional, dirigida desde el poder político, acompañada y potenciada desde abajo por un fuerte sentimiento popular muy difundido, previamente cultivado.

Muchos catalanes, jóvenes y adultos, están convencidos de que les conviene separarse de España. Piensan que les estamos maltratando y esta discriminación negativa les da derecho a la secesión. Ellos lo viven como un derecho a la defensa propia. Se lo han enseñado así durante treinta años.

No es verdad que el independentismo haya comenzado ahora como consecuencia de una cierta frustración democrática. El nacionalismo independentista comenzó a finales del siglo XIX, durante la Primera República, con Almirall, Guimerá, la Lliga Regionalista y las Bases de Manresa. Con el apoyo de algunos ilustres eclesiásticos. Eran los tiempos de la industrialización y de la Renaixença cultural.

Los nacionalismos, todos los nacionalismos, tienen un fondo de protesta, es como el hijo mayor que se va de casa dando un portazo. Se van porque se ven maltratados, no se sienten queridos. Pero a veces no se ven queridos porque antes han sido egoístas, porque han creído que tienen más derechos que los demás, porque no están conformes con lo que reciben en casa, aunque estén recibiendo lo mismo, y a veces más que los demás. El nacionalismo es siempre victimista, pero es victimista porque antes, y más profundamente, es egoísta, se cree más que los demás y quiere más que los demás. Es egoísta e insolidario. Pretende estar solo para vivir mejor.

El nacionalismo es ruptura. Se quiera o no, desgarra el tejido social, enfrenta a las personas, divide las familias. Por eso, solo es legítimo y moralmente aceptable cuando resulta ser el único remedio contra graves injusticias colectivas, de dominación o discriminación. Aquí se habla de 500 años de convivencia. Pero son más. Cataluña formó parte no del Reino de Aragón, pero sí de la Corona de Aragón, con el rey Ramiro de Aragón y el conde Ramón Berenguer, desde el siglo XII.

La gente iba y venía, compraba y vendía, se casaban y se ayudaban en lo que podían. Luego vino la unidad de los Reyes Católicos. A Fernando le gustaba mucho estar en Barcelona. Y, en la época moderna, las relaciones de todas clases se han intensificado hasta borrar las fronteras étnicas y las diferencias idealistas. Los catalanes están y negocian por todas partes. Y en Cataluña hay españoles de todos los lugares de España.

Poco a poco hemos ido construyendo una sociedad común, con una identidad. común, también con diferencias, pero con un gran patrimonio común, favorecida por las capas más profundas de nuestra cultura. Territorio, romanización, cristianismo, reconquista cristiana, unificación política, defensa contra las ambiciones napoleónicas, lucha contra las revoluciones y dominios marxistas. Venir ahora a hablarnos del derecho de autodeterminación es vivir en otro mundo. O no querer enterarse de lo que uno tiene a su alrededor. Tenemos que vivir en la realidad, no en la burbuja de nuestras fantasías.

Durante el período democrático, con el Estado de las Autonomías, el nacionalismo catalán ha aprovechado las competencias recibidas para construir la «estructura nacional», como decía Jordi Pujol ya en 1980. Y han intentado construirlo con tenacidad.

Aprovechando con habilidad la debilidad de los gobiernos centrales. Poco a poco, ladrillo a ladrillo, han ido reuniendo los materiales que necesitaban. Y los gobiernos del Estado no tenían más remedio que ceder y pactar para poder gobernar. Habría que revisar muchas cosas. La raíz política del mal está en nuestra misma legislación.

Pero, ahora, el problema no es únicamente político. A lo largo de estos años de vida democrática se ha convertido en un problema social y cultural. Esta ampliación cultural del independentismo ha venido por dos cauces: la educación y los medios de comunicación, dirigidos y manipulados desde el poder autonómico.

Y algo tiene que ver también en todo esto la descristianización galopante que está sufriendo Cataluña en estos años. El independentismo descristianiza y la descristianización favorece el independentismo. No valen las argumentaciones ideológicas. Hay que atenerse a la realidad.

Curar también el espíritu. Si esto es verdad -yo así lo creo-, la crisis actual no se podrá resolver solo desde las instancias políticas: hará falta una cura espiritual, cultural. Serán necesarios bastantes años de buenas relaciones y de buen gobierno, con claridad y paciencia, para convencer a los catalanes separatistas de que les queremos, de que pueden estar bien en España, de que no les robamos ni despreciamos su lengua, que es también nuestra, ni sus tradiciones, ni sus innegables valores.

En el resto de España también habrá que cambiar ciertas actitudes centralistas, demasiado elementales, que confunden lo español con lo castellano o con lo que se hace «en toda tierra de garbanzos». Cataluña es España y España es también Cataluña. Pero ahora, hay demasiada gente que no lo ve ni lo siente así. Modificar un sentimiento socializado cuesta una generación, yendo las cosas bien.

Entiendo que ahora, durante un tiempo, Cataluña necesitaría un período de tranquilidad, en el que se multipliquen los contactos, los encuentros, las explicaciones, todas las atenciones posibles que sean justas y razonables, que vayan sanando la mentalidad social y cultural de los catalanes en lo referente a sus relaciones con el resto de España.

Para lo cual se requiere un cambio profundo en varios puntos:

– catalanes y no catalanes tenemos que convencernos de que nadie es ni más ni menos que los demás ciudadanos españoles;

– en Cataluña tendrán que ver que están recibiendo un trato justo, normal, sin discriminaciones, pero también sin privilegios;

– y esto tiene que ir entrando en la sociedad catalana desde una enseñanza objetiva, imparcial, no manipulada, y con unos medios de comunicación igualmente objetivos, no sectarios, ni subvencionados ni teledirigidos.

Si no se hace esto, o algo parecido, se haga ahora lo que se haga, dentro de pocos años volveremos a estar en las mismas. Los catalanes son tenaces y muy amantes de sus cosas. Y tienen todo el derecho del mundo. Me asustan un poco los melindres democráticos de algunos políticos que quieren una intervención reducida y cortita. Habrá que hacer lo que sea necesario. ¿O no? Esta crisis es una gran oportunidad histórica. No podemos perderla.

Cómo se puede y se debe hacer algo de todo esto es ya una cuestión práctica, política, en la que prefiero no entrar.

Termino diciendo a mis amigos catalanes, a todos los catalanes: os quiero, os llevo en mi corazón, sois parte de mi vida. Rezo por vosotros. Quedaos en casa, estaréis mejor. Estaremos todos mejor.

✠ Cardenal Fernando Sebastián Aguilar, CMF
Arzobispo emérito de Pamplona y Tudela

domingo, 29 de enero de 2017

Mensajes ofensivos contra la familia Bosé

Si mal me parecieron los mensajes ofensivos por la muerte de un torero, muy mal me parecen lo que estos días podemos estamos leyendo con motivo de la muerte de Bimba Bosé.

Es una pena que todavía haya tanta gente que valore más sus ideas que la dignidad de merece toda persona humana.

Y como sacerdote, me gustaría decir dos cosas:

1. Dios, como el mejor padre, como la mejor madre, ama a todos sus hijas e hijos, tengamos los gustos que tengamos, hagamos lo que hagamos, digamos lo que digamos, seamos como seamos. Nos abraza a todos con infinita ternura y a todos nos señala caminos de superación, para que seamos felices, plenamente felices.

2. Decir que una persona ha muerto a causa de sus pecados es tomar el nombre de Dios en vano (segundo mandamiento), es utilizar a Dios para hacer daño. No sólo han hablado mal de Bimba Bosé; han hablado mal de Dios, al que teóricamente defienden.

Qué Dios dé a Bimba Bosé la paz, a su familia consuelo, y a todos un poquito de respeto y humanidad.