sábado, 24 de febrero de 2018

El samaritano se mete en política

Ya sabéis la historia... Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita, que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció y, acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva".

Hasta aquí la parábola de Jesús. ¡Preciosa, sin duda!

Cuentan que, al cabo de un mes, el samaritano volvió a pasar por el mismo camino y -otra vez- se encontró a una persona malherida y, como tenía buen corazón, lo curó y lo cuidó como al primero.

Poco tiempo después, le ocurrió lo mismo. Y esta vez, además de curar y cuidar al apaleado, empezó a pensar: ¿qué ocurre aquí? ¿por qué hay tanta gente a punto de morir, al borde en de este camino? Y empezó a tirar del hilo hasta que descubrió la razón de tanta desgracia. Y se puso manos a la obra para evitar tanto sufrimiento.

Pasamos de la historia a la realidad. Hoy, entre el mundo, en nuestra ciudad y quizá entre nuestra familia, hay mucha gente tirada al borde de camino. En algunos lugares, la mayoría.

Hay personas que pasan de largo. No tienen tiempo. Piensan sobre todo en ellas, en sus cosas, en sus rezos, en sus aficiones, en sus luchas, en sus proyectos.

También hay buenos samaritanos, una muchedumbre de mujeres y hombres buenos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, que saben romper sus planes y están cerca de quienes han perdido el trabajo, la salud, la alegría... Algunos curan y cuidan a los demás, porque ellos un día también fueron atendidos. Otros se organizan para ser servir más y mejor. ¡Benditos samaritanos! ¡Gracias a esta gente el mundo todavía tiene sabor a pan tierno!

Algunos samaritanos, además de curar y cuidar, también se preguntan qué está pasando aquí: ¿por qué hay tanta gente sin nada, tanta gente tirada, tanta gente pasando hambre, si hay recursos para todos? ¿por qué las mujeres siguen siendo discriminadas? ¿Porque nuestra tierra está tan contaminada?  ¿Por qué se descartan a tantas personas? Y descubren que, para que cambiar esta realidad, hace falta cambiar leyes, educar de una manera distinta y hacer muchas cosas más, para taponar la hemorragia de la injusticia.

Unos pocos se metieron en partidos políticos. ¡Qué duro, cuántos disgustos, pero que necesario! Otros decidieron participar en toda clase de asociaciones, para ir cambiando la realidad más cercana. Y de esta manera, algunos -todavía pocos- samaritanos se van metiendo en política. No por rencor, sino por amor a quienes sufren. No para luchar contra "los otros" y a favor de "los míos", sino para buscar el bien común. No para trabajar al servicio del partido, del sindicato o de la asociación, sino para poner al partido, al sindicato o a la asociación al servicio de todos y, de forma especial, de los que están caídos al borde del camino.

Estos samaritanos y samaritanas convierten a la política en "la forma más elevada del amor", como dijo Pablo VI.

viernes, 16 de febrero de 2018

¡Felicidades, D. Elías!

Quisiera rendir hoy homenaje a DON ELÍAS YANES ÁLVAREZ, Arzobispo emérito de Zaragoza, en su 90 CUMPLEAÑOS, una persona excepcional y un buen Obispo, un gran referente para quienes hemos tenido la suerte de conocerle y tratarle. Me gustaría que algún día la historia de España y la historia de la Iglesia española le hagan justicia. Será difícil, porque don Elías ha cultivado poco su gloria y mucho la gloria de Dios.

Le conocí un día de septiembre de 1987, en el curso introductorio al Seminario metropolitano de Zaragoza. Entró a la sala donde donde encontrábamos con su sotana negra, saludó discretamente y empezó a hablar de la dirección espiritual. La verdad es que no fue divertido. Don Elías no solía ser ocurrente, pero sus palabras tenían peso, mucho peso.

Siendo seminarista de Huesca, formado en el Seminario de Zaragoza, tuve la ocasión de conocerlo un poco más. Nos reuníamos, de vez en cuando, una tarde con él. Apuntábamos en una hoja los temas o las preguntas que queríamos plantear, él pedía un tiempo breve para poderlos ordenar y comenzaba a exponer un asunto tras otro. En esos encuentros me impresionó su formación, cuando citaba de memoria la Biblia y el Concilio Vaticano II. También admiré la claridad de sus ideas y principios, así como su capacidad para discernir y aplicarlos a la realidad concreta.

También pude comprobar que ese Arzobispo, serio y a veces frío, también sabía reír a gusto. Recuerdo que en una fiesta de Navidad, en el Seminario de Zaragoza, algunos compañeros le otorgaron el Oscar a la mejor banda sonora original, por la película "El canario que no canta". Pura socarronería aragonesa, porque Elías cantaba bastante mal. Pasó vergüenza, pero ¡qué a gusto reía!

Don Elías es un gran creyente. Aunque algunos malinformados le han tildado de estratega eclesial, la realidad es que Don Elías se ha ocupado, sobre todo, de mostrar el corazón amoroso de la Trinidad y de trabajar por la formación de laicos y sacerdotes. Don Elías creía profundamente en el Evangelio. En una charla a los curas de Huesca, insistió que ante las dificultades y los ataques que sufre la Iglesia, sólo podemos responder desde la mansedumbre y la humildad de Jesucristo y su Evangelio. Al terminar su exposición, un compañero, José Antonio Monreal, le dijo: "el Evangelio es el camino más eficaz, al menos a medio plazo". Don Elías, asintiendo, le respondió sin titubear: "el Evangelio es el camino más eficaz siempre".

Don Elías ha sido y es un hombre de Iglesia, profundamente de Iglesia. Nunca le oí predicar otra cosa que la doctrina de la Iglesia, sin dar espacio a discursos oportunistas y protagonismos personales, sin esconder nada. Don Elías, sabiendo que todo lo que ha podido pasar en la Iglesia, ha pasado, está convencido, y así lo ha transmitido, de que la Iglesia, a pesar de todo, es Madre, la madre que nos ofrece el regalo más grande: la fe en Jesucristo y el amor de Dios.

Don Elías es un gran maestro, porque es un gran discípulo. Hasta hace poco iba a cualquier conferencia con su cuaderno y su bolígrafo, mientras otros, que no sabemos nada a su lado, íbamos con las manos en los bolsillos. Muchas veces, tras terminar una ponencia, pedía la palabra, con una delicadeza y humildad admirables. Solía decir: "yo no he estudiado suficientemente este tema, pero creo que..."; "quizá este equivocado, pero quisiera decir que...".

Tuve la ocasión de encontrarme con él en tres o cuatro ocasiones, después de su jubilación como Arzobispo de Zaragoza. Cambió a raíz de ese momento. Me dijo una vez: ¡Qué bien estoy sin tener que tomar decisiones que afectan a la vida de tantas personas! El yugo de la responsabilidad le pesaba y, cuando se lo quitaron de sus hombros, pudimos disfrutar de un don Elías relajado, desenfadado e incluso divertido (a su modo y sin exagerar).

Esto y mucho, muchísimo más, es Don Elías. Nunca se aprendió mi nombre; pero su palabra, su estilo y su forma de ser han marcado mi vida (y la de tantas personas) para bien.

FELICIDADES DON ELÍAS. ¡GRACIAS A DIOS Y A USTED!

miércoles, 7 de febrero de 2018

50 años y 1 día

Ha terminado este día especial y vienen a mi memoria estas palabras de Jesús: TODO EL QUE POR MÍ DEJA CASA, HERMANOS O HERMANAS, PADRE O MADRE, HIJOS O TIERRAS, RECIBIRÁ CIEN VECES MÁS Y HEREDARÁ LA VIDA ETERNA.

Gracias a Dios, en estos 50 años he renunciado a formar una familia, pero soy familia cercana de muchas familias; me siento inmensamente querido y quiero a rabiar a muchas personas.

Gracias a Dios, en estos 50 años he renunciado a decidir el lugar donde vivir y trabajar. Y en cada destino, Dios me ha despertado capacidades dormidas y ha hecho el milagro de convertir desconocidos en prójimos y prójimos en buenos amigos.

Gracias a Dios, en estos 50 años he renunciado a un buen sueldo y soy tan rico que hasta puedo compartir.

A veces no ha sido fácil y en ocasiones he sido muy torpe; pero DIOS NO SE DEJADO GANAR EN GENEROSIDAD. Las palabras de Jesús se han cumplido en mí. He recibido cien mil veces más. Por eso, miro con esperanza el futuro, espero gozar un día de la vida eterna y siento una inmensa gratitud a la vida, a ti y a Dios.

viernes, 5 de enero de 2018

Los Reyes de mi infancia

En esta noche de Reyes me gusta disfrutar con los niños y recordar vivencias de la infancia.

Mis reyes no tenían buenas "entendederas". Un año les pedí una batería y ellos me trajeron un tambor. Al año siguiente, les expliqué que una batería es algo más que un tambor y detallé los elementos que componen una batería: 4 tambores de distintas tamaños, dos platillos, dos palillos, un pedal... Pero me volvieron a traer un tambor.

Mis reyes llegaban a casa (la más alta de Sesa, en la calle El Castillo), después de recorrer las de casi todos mis amigos. Y así sucedía casi siempre que, al llegar a nuestro balcón, el geyperman y otros juguetes ya los habían agotado.

Mis reyes tenían una buena embajadora, que se encargaba de explicarme una y otra vez que podía ser muy feliz, aunque no tuviera los mismos juguetes que otros niños.

Mis reyes eran pobres en juguetes, pero ricos, muy ricos en amor. Y cuando lo recuerdo, doy a gracias a Dios, porque tuve y sigo teniendo reyes que siempre me regalan lo que más necesito para ser feliz.

Ojalá esta noche tengas corazón de niño y recibas tus regalos con mucho amor. Y si te toca ayudar a los Reyes, no te olvides de envolver en amor cada regalo.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mari. Inmensa tristeza. Mayor gratitud

Ayer celebramos el funeral de Mari. Impresionante, por la entereza de su marido, sus hijos y toda la familia; por el cariño de esa gran multitud de amigos que pudimos despedirla en la iglesia de Sariñena. No podría ser de otra manera: un funeral impresionante de una persona impresionante.

Por ser amigo y por ser sacerdote, tuve el inmenso honor de pronunciar unas palabras, que comparto aquí, junto a la postal que envié a Mari hace poco menos de un año, en su 50 cumpleaños.

Ante la muerte de una persona tan querida como Mari, todas las palabras y todos los gestos parecen inútiles, todos tenemos una gran sensación de impotencia. Sin embargo ¡cuánto bien nos hace hacer lo que estamos haciendo: estar juntos, llorar juntos, abrazarnos, estrecharnos la mano, acompañarnos…! Sufrir con los que sufren nos hace mucho bien, nos humaniza, aunque sea duro, aunque ninguno hubiera deseado pasar un trance como éste.

También nos hace bien expresar lo que sentimos: el dolor, la rabia, la impotencia, quizá los sentimientos de culpa (tan traicioneros); en definitiva, todo aquello que aprisiona nuestro corazón. En un momento como este tenemos “todo el derecho de mundo” a sentirnos enfadados con la vida, con nosotros mismos, incluso con Dios, porque aunque sabemos que las enfermedades no son castigo de Dios, no podemos entender por qué permite tanto sufrimiento. Es bueno contar lo que sentimos a personas de confianza y, si somos creyentes, también a Dios. Jesús de Nazaret así lo hizo. Cuando estaba a punto de morir grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Ojalá que esta celebración nos ayude a ir exteriorizando lo que podría hacernos daño si lo dejamos dentro demasiado tiempo.

Ante la muerte de Mari, quizá muchos nos estemos preguntando si ha merecido la pena luchar tanto y rezar tanto. Podemos tener la sensación de que todo ha sido inútil. Está claro que no ha servido para retener a Mari con nosotros, pero estoy convencido de que ha servido y servirá mucho. Mari y todos los que habéis estado a su lado en estos meses de enfermedad habéis sacado lo mejor de vosotros mismos, habéis sembrado pequeñas semillas, como granos de mostaza: semillas de solidaridad, cercanía, entereza, amistad, confianza, paciencia, amor… Semillas, con tanta fuerza en su interior, que el Evangelio nos asegura que no se perderán: germinarán, crecerán y darán buen fruto, de una manera u otra.

Después de expresar nuestros sentimientos de dolor y rabia, es justo y necesario dar gracias a Dios o a la vida (los que no seáis creyentes); porque si hoy tenemos el corazón roto es porque hemos disfrutado durante muchos años de una persona excepcional. No perfecta, desde luego, porque todos tenemos nuestras fallos. Pero Mari ha sido un número 1 en muchas cosas. Dicho con palabras del Evangelio: Mari ha sido una buena tierra en la que han germinado muchas y muy buenas semillas. Ha sido, además, una buena sembradora.

Siendo niña, solía ser la más lista, limpia y trabajadora de la escuela. Rara vez fallaba. Recuerdo que en cierta ocasión confundió las plantas de patata de la “dembeta hospital” con fresas. Y los zagales dijimos maliciosamente: ¡Menos mal, hay alguna cosa que Mari no sabe! Demos gracias a Dios por esa cabeza privilegiada, que ha funcionado a la perfección hasta el último momento.

Era número 1 en la escuela, pero no era una ñoña, ni una creída. Disfrutaba aconsejando y ayudando a su hermano y a sus compañeros (bien se me valió de ella para aprobar dibujo en Grañén). Demos gracias a Dios por la generosidad con la que ha vivido, desde pequeña hasta su último día.

La responsabilidad en los estudios primarios, secundarios y universitarios, tuvo su continuidad en su trabajo. ¡Cuánto ha disfrutado ejerciendo su vocación de veterinaria, trabajando en su profesión! Demos gracias a Dios.

Mari ha sido responsable y trabajadora, pero también alegre, divertida, ocurrente, gozaba tanto con sus amigas y amigos, cuando iba de excursión por la montaña o paseando con Corcho por los caminos de Sesa. Demos gracias a Dios por su capacidad para disfrutar y para hacer disfrutar a los demás.

Mari ha sido una persona transparente y sincera, sin filtros; pero también sabía expresar cariño, sabía decir “te quiero mucho”, llamarte “jamía” o “jomío” con mucho sentimiento. Demos gracias a Dios por su fuerza y por su sensibilidad, por su gran voluntad y su inmenso corazón.

En resumen, creo que podemos dar gracias a Dios por su vida entera. Podría haber sido más larga, es verdad. Ella quería alargarla —me dijo en varias ocasiones— “unos añetes” y antes de ayer, cuando ya estaba tan malica, me dijo que le había faltado tiempo. Yo le respondí que había aprovechado el tiempo a tope, que lo había hecho muy bien. Realmente es imposible hacer más y mejor en menos tiempo. Gracias, Señor, por regalo inmenso de la vida de Mari, por el honor de haberla conocido, querido y acompañado.

También tenemos que dar gracias a Dios por ti, Clemente, por estar siempre a su lado, sobre todo en los peores momentos, por todo lo que has estudiado y luchado para que Mari se curase o para que, al menos, no sufriese. Gracias.

Gracias a Dios por Juan y Laura. Mari siempre quiso que su enfermedad trastornara lo menos posible vuestra vida. Y vosotros habéis hecho lo que ella quería que hicierais: apoyarla, quererla y llevar una vida lo más normal posible. Gracias a Dios por vosotros, Laura y Juan, por ser como sois, y por el corazón de madre madraza de Mari.

Gracias también por la disponibilidad de Rosario, la delicadeza de Jesús y el buen hacer de Marian; por el apoyo de José María y de toda la familia de Castejón, por la cercanía de tantos amigos y amigas, por los servicios sanitarios. Mari se sentía tan afortunada y tan agradecida por todo el cariño y los cuidados que ha recibido.

Finalmente, quisiera dar gracias a Dios por la fe de Mari. Mari rezaba mucho, pedía que rezasen por ella y me decía que le enviara oraciones por whatsapp. El último día que pudimos hablar tranquilos, rezamos juntos y, dejando escapar alguna lágrima, recibió la Comunión con toda la devoción del mundo. Gracias, Señor, por su fe.

Esta fe nos permite llorar la muerte de nuestra amiga con la confianza de que ella está bien, está mejor que nunca, respirando sin esfuerzo el aire puro de la eternidad. ¡Qué consuelo!

Esta fe nos ayuda a mirar al futuro con esperanza. Esta vida se acabará; porque, aunque tiene muchos momentos preciosos, es demasiado oscura, demasiado injusta, demasiado dolorosa, para poderla soportar eternamente. En momentos como este los cristianos compartimos la esperanza de que las promesas de Dios se cumplirán. Dios mismo nos ha prometido que enjugará todas las lágrimas, aniquilará la muerte para siempre y, como una buena madre, preparará una gran fiesta para todas sus hijas e hijos. Y podremos disfrutar de una vida nueva, feliz, enteramente feliz.

Esta es la fe que nos permite afrontar con entereza el mañana y el pasado mañana. Ahora, querida familia, puede parecer imposible seguir adelante sin Mari; pero Dios, que es Padre, y la Virgen de la Jarea, que es buena madre, os acompañará en vuestro dolor y os dará la fuerza para continuar adelante con entereza, como ella quería, como ella sigue queriendo. Y Mari, desde el cielo, se las arreglará -que talento y bondad no le ha faltado nunca- para seguir siendo buena madre, buena esposa, buena hija, buena hermana y buena amiga. Amén.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Querida Cataluña (Cardenal Fernando Sebastián)

Después de pensar mucho, escribir alguna cosa, de discutir sobre el tema del "proces", me encontré con esta reflexión del Cardenal Fernando Sebastián, que suscribo de la cruz a la raya. Dice:

Soy aragonés, pero he vivido quince años en Cataluña. Vic, Solsona, Valls. Es decir, Barcelona, Lérida y Tarragona. Conozco un poco Cataluña y a los catalanes. Tengo familiares y amigos en Cataluña. Leo literatura catalana. A mis 19 años, hice mi tesis de Filosofía sobre la antropología de Ramón Llull (tema apasionante, ¿no?).

Quiero decir que mis palabras son fruto del amor, del buen deseo y, también, del dolor. No pretendo hablar desde posiciones políticas, casi ni eclesiales, me basta con hablar humanamente, cívicamente, sinceramente.

Entiendo que la crisis actual es, en un primer plano, política, y debe ser tratada políticamente. Nos encontramos ante una verdadera insurrección institucional, dirigida desde el poder político, acompañada y potenciada desde abajo por un fuerte sentimiento popular muy difundido, previamente cultivado.

Muchos catalanes, jóvenes y adultos, están convencidos de que les conviene separarse de España. Piensan que les estamos maltratando y esta discriminación negativa les da derecho a la secesión. Ellos lo viven como un derecho a la defensa propia. Se lo han enseñado así durante treinta años.

No es verdad que el independentismo haya comenzado ahora como consecuencia de una cierta frustración democrática. El nacionalismo independentista comenzó a finales del siglo XIX, durante la Primera República, con Almirall, Guimerá, la Lliga Regionalista y las Bases de Manresa. Con el apoyo de algunos ilustres eclesiásticos. Eran los tiempos de la industrialización y de la Renaixença cultural.

Los nacionalismos, todos los nacionalismos, tienen un fondo de protesta, es como el hijo mayor que se va de casa dando un portazo. Se van porque se ven maltratados, no se sienten queridos. Pero a veces no se ven queridos porque antes han sido egoístas, porque han creído que tienen más derechos que los demás, porque no están conformes con lo que reciben en casa, aunque estén recibiendo lo mismo, y a veces más que los demás. El nacionalismo es siempre victimista, pero es victimista porque antes, y más profundamente, es egoísta, se cree más que los demás y quiere más que los demás. Es egoísta e insolidario. Pretende estar solo para vivir mejor.

El nacionalismo es ruptura. Se quiera o no, desgarra el tejido social, enfrenta a las personas, divide las familias. Por eso, solo es legítimo y moralmente aceptable cuando resulta ser el único remedio contra graves injusticias colectivas, de dominación o discriminación. Aquí se habla de 500 años de convivencia. Pero son más. Cataluña formó parte no del Reino de Aragón, pero sí de la Corona de Aragón, con el rey Ramiro de Aragón y el conde Ramón Berenguer, desde el siglo XII.

La gente iba y venía, compraba y vendía, se casaban y se ayudaban en lo que podían. Luego vino la unidad de los Reyes Católicos. A Fernando le gustaba mucho estar en Barcelona. Y, en la época moderna, las relaciones de todas clases se han intensificado hasta borrar las fronteras étnicas y las diferencias idealistas. Los catalanes están y negocian por todas partes. Y en Cataluña hay españoles de todos los lugares de España.

Poco a poco hemos ido construyendo una sociedad común, con una identidad. común, también con diferencias, pero con un gran patrimonio común, favorecida por las capas más profundas de nuestra cultura. Territorio, romanización, cristianismo, reconquista cristiana, unificación política, defensa contra las ambiciones napoleónicas, lucha contra las revoluciones y dominios marxistas. Venir ahora a hablarnos del derecho de autodeterminación es vivir en otro mundo. O no querer enterarse de lo que uno tiene a su alrededor. Tenemos que vivir en la realidad, no en la burbuja de nuestras fantasías.

Durante el período democrático, con el Estado de las Autonomías, el nacionalismo catalán ha aprovechado las competencias recibidas para construir la «estructura nacional», como decía Jordi Pujol ya en 1980. Y han intentado construirlo con tenacidad.

Aprovechando con habilidad la debilidad de los gobiernos centrales. Poco a poco, ladrillo a ladrillo, han ido reuniendo los materiales que necesitaban. Y los gobiernos del Estado no tenían más remedio que ceder y pactar para poder gobernar. Habría que revisar muchas cosas. La raíz política del mal está en nuestra misma legislación.

Pero, ahora, el problema no es únicamente político. A lo largo de estos años de vida democrática se ha convertido en un problema social y cultural. Esta ampliación cultural del independentismo ha venido por dos cauces: la educación y los medios de comunicación, dirigidos y manipulados desde el poder autonómico.

Y algo tiene que ver también en todo esto la descristianización galopante que está sufriendo Cataluña en estos años. El independentismo descristianiza y la descristianización favorece el independentismo. No valen las argumentaciones ideológicas. Hay que atenerse a la realidad.

Curar también el espíritu. Si esto es verdad -yo así lo creo-, la crisis actual no se podrá resolver solo desde las instancias políticas: hará falta una cura espiritual, cultural. Serán necesarios bastantes años de buenas relaciones y de buen gobierno, con claridad y paciencia, para convencer a los catalanes separatistas de que les queremos, de que pueden estar bien en España, de que no les robamos ni despreciamos su lengua, que es también nuestra, ni sus tradiciones, ni sus innegables valores.

En el resto de España también habrá que cambiar ciertas actitudes centralistas, demasiado elementales, que confunden lo español con lo castellano o con lo que se hace «en toda tierra de garbanzos». Cataluña es España y España es también Cataluña. Pero ahora, hay demasiada gente que no lo ve ni lo siente así. Modificar un sentimiento socializado cuesta una generación, yendo las cosas bien.

Entiendo que ahora, durante un tiempo, Cataluña necesitaría un período de tranquilidad, en el que se multipliquen los contactos, los encuentros, las explicaciones, todas las atenciones posibles que sean justas y razonables, que vayan sanando la mentalidad social y cultural de los catalanes en lo referente a sus relaciones con el resto de España.

Para lo cual se requiere un cambio profundo en varios puntos:

– catalanes y no catalanes tenemos que convencernos de que nadie es ni más ni menos que los demás ciudadanos españoles;

– en Cataluña tendrán que ver que están recibiendo un trato justo, normal, sin discriminaciones, pero también sin privilegios;

– y esto tiene que ir entrando en la sociedad catalana desde una enseñanza objetiva, imparcial, no manipulada, y con unos medios de comunicación igualmente objetivos, no sectarios, ni subvencionados ni teledirigidos.

Si no se hace esto, o algo parecido, se haga ahora lo que se haga, dentro de pocos años volveremos a estar en las mismas. Los catalanes son tenaces y muy amantes de sus cosas. Y tienen todo el derecho del mundo. Me asustan un poco los melindres democráticos de algunos políticos que quieren una intervención reducida y cortita. Habrá que hacer lo que sea necesario. ¿O no? Esta crisis es una gran oportunidad histórica. No podemos perderla.

Cómo se puede y se debe hacer algo de todo esto es ya una cuestión práctica, política, en la que prefiero no entrar.

Termino diciendo a mis amigos catalanes, a todos los catalanes: os quiero, os llevo en mi corazón, sois parte de mi vida. Rezo por vosotros. Quedaos en casa, estaréis mejor. Estaremos todos mejor.

✠ Cardenal Fernando Sebastián Aguilar, CMF
Arzobispo emérito de Pamplona y Tudela